¿Cómo llegar a una generación que creció ignorando los anuncios tradicionales? La respuesta, en buena parte, está en el gaming. La Generación Z y la Generación Alpha son nativos digitales: la tecnología no es algo que deban aprender, sino una extensión natural de su cotidianidad desde edades muy tempranas. Esto les abre un amplio abanico de opciones de entretenimiento (redes sociales, aplicaciones, streaming y gaming), y dentro de ese universo destaca un dato revelador: 9 de cada 10 integrantes de estas generaciones se identifican como gamers.
Para las marcas que buscan construir vínculos sólidos con audiencias jóvenes, el gaming representa una plataforma extraordinariamente potente. La lógica es simple pero poderosa: si un adolescente asocia una experiencia de juego memorable con lo que representa tu producto o servicio, estás sembrando una conexión emocional difícil de romper.
Existe además una correlación directa entre estas generaciones y el auge del género sandbox. Títulos como Minecraft y, especialmente, Roblox dominan las preferencias del público más joven y no es casualidad. Estos juegos ofrecen libertad creativa, construcción colaborativa y mundos abiertos sin objetivos impuestos, una propuesta que resuena profundamente con generaciones que valoran la autonomía y la expresión propia. Para la Generación Alpha y Z, los videojuegos trascienden el entretenimiento: son espacios de socialización, interacción y construcción de comunidad. Solo Roblox supera los 80 millones de usuarios activos diarios², y la mayoría tiene menos de 16 años.
Vale la pena matizar las cifras. No todos los que se reconocen como gamers dedican horas a sesiones competitivas intensas; muchos consumen el gaming en formatos más casuales y variados. Juegan directamente, pero también siguen canales de YouTube con noticias y actualizaciones de sus títulos favoritos, o sintonizan a sus streamers preferidos sin necesidad de controlar un mando. Durante la pandemia, el fenómeno de Among Us lo ilustró con claridad: miles de personas se engancharon al juego sin jugarlo, simplemente viendo a sus creadores de contenido favoritos en pantalla.
Por otro lado, quienes sí se inclinan por el juego competitivo suelen tener rituales previos casi inamovibles: reservan un bloque de tiempo, ordenan su espacio, se abastecen de snacks y bebidas para no interrumpir la sesión, y se conectan con sus amigos a través de Discord. Cada paso de esa rutina es, en realidad, una oportunidad concreta para que diferentes marcas empaticen con el gamer: el headset que elige, el periférico que prefiere, la silla en la que se sienta, la bebida que lo acompaña.
Se trata, además, de un perfil de consumidor especialmente fiel a su comunidad. Si una marca participa en una acción o evento que realmente esté a la altura de sus expectativas (que hable su lenguaje, que respete su cultura) esa experiencia quedará grabada en su memoria por mucho tiempo, y la gratitud hacia ese momento terminará extendiéndose hacia la marca misma.
Para las empresas, el mensaje es claro: el gaming no es un canal de nicho ni una tendencia pasajera. Es el ecosistema donde viven, socializan y se expresan las generaciones que definirán el consumo de las próximas décadas. Las marcas que entiendan eso hoy, y actúen en consecuencia, llevarán una ventaja difícil de alcanzar mañana.